TURISMO CIENTIFICO

TEMPORADA 2009

MEGANTO -Ara Militaris-

 

 

Las órdenes de Mashico se obedecen sin dudas ni murmuraciones ya que somos los intrusos en SU bote. Si te dice que hay que cambiar de lugar y te saca de adelante para ponerte al medio, aunque te arruine la imponente vista del lugar, él sabe por qué lo hace y las preguntas están demás.

Sobre todo cuando los viajeros vamos advertidos de lo caudaloso de las aguas, los rápidos y los peligrosos remolinos que han engullido a decenas de personas. Mashico sortea hábilmente los peligros. Son 35 años que lleva navegando la zona del alto y bajo Urubamba, y conoce esta zona muy bien.

Uno se queda boquiabierto cuando empezamos a acercarnos a la enorme muralla natural que es la cordillera de Ausangate, la que se parte a la mitad por el Pongo de Maenique. Poco a poco, el cauce se estrecha y enormes murallas de roca revestidas de verde nos transportan por ese corredor natural que existe desde siempre.

Los sonidos de las aves se mezclan con el de las aguas y estos últimos van creciendo conforme nos acercamos al Tonkini, el gran remolino de aguas turbulentas. El bote empieza a moverse y a lo lejos se divisa una caída de agua en medio del Pongo. El puerto sagrado de los machiguengas.

"Acá vive Tonkini. Las almas de los muertos vienen hasta el pongo y el Tonkini se lleva a los buenos al Inkini (el cielo), y los malos se van a Gamaironi (el infierno) donde están los diablos", dice. Y escuchándolo no puedo evitar evocar a "El hablador", personaje de Mario Vargas Llosa tras su zambullida en las tradiciones del pueblo machiguenga. Mashico es un hablador, sin duda, conoce su cultura y se enorgullece de ella. Además, no tiene reparos de compartirla con los extraños.

"Lo que más me gusta del Pongo son los animales. Son bonitos. Hay maquisapas, monos choros, perdices y megantos", dice el buen Mashico, durante más de veinte años jefe de su comunidad, Kirigueti, y siempre preocupado por la depredación del lugar.

Primero los viracochas (los blancos), y luego los colonos andinos. Todos llegaban y, queriendo o sin querer, amenazaban la zona. Pero ahora Mashico dice sentirse más tranquilo. Desde agosto del 2004 el enorme territorio que abarca el Megantoni se ha convertido en un santuario nacional protegido, no solo por ser una zona especial para el pueblo machiguenga, sino por la riqueza de flora y fauna que alberga.

 

Los guardianes del santuario

Fue en 1988 que el propio pueblo machiguenga propuso la creación de una zona protegida en la zona del Megantoni. Sus razones: lo sagrado de este territorio según sus creencias y, además, están las cabeceras de los ríos Ticumpinía y Timpía, que son sus más importantes fuentes de agua.

Walter Kategari, presidente del Consejo Machiguenga del Río Urubamba (Comaru), está optimista con la existencia del santuario pues, si bien disminuirá la incursión en la zona para la caza o la recolección, práctica ancestral de este pueblo, esa categoría les generará otros beneficios,

"Hay que empezar a trabajar en el turismo vivencial, si no no tendría sentido la existencia de la reserva. No queremos que otros se aprovechen", dice Kategari.

Es que caminar por el santuario, aunque sea por las zonas cercanas a los centros poblados del lugar, es entrar a un mundo fascinante por descubrir. Entonces entiendo el temor de Walter Kategari.

Quien comparte mi fascinación es Roberto Gutiérrez, biólogo de Inrena que trabaja aquí desde que, hace solo algunos meses, se decidió constituir en Quillabamba una oficina encargada exclusivamente del desarrollo y protección del Santuario Megantoni.

Roberto dice que basta caminar un par de kilómetros dentro del santuario para toparse con grupos familiares de monos de diversas especies, y en los lechos de los riachuelos descubrir con sorpresa huellas de distintos animales como otorongos, tapires, pumas, osos de anteojos y venados. Y lo vimos con nuestros propios ojos.

 

Recorriendo el paraíso

En el 2002 Field Museum, una de las instituciones más respetadas del mundo en el tema de conservacionismo, se juntó con el Centro de Desarrollo del Indígena Amazónico (Cedia), y juntos efectuaron un inventario biológico en el lugar. Los resultados no solamente fueron sorprendentes sino también fundamentales para darle la categoría de santuario a Megantoni.

De las más de tres mil especies de plantas que crecen en estos bosques existen hasta 25 nuevas para la ciencia, y en el caso de las orquídeas, aquí crecen 200 especies, y 20 son nuevas. En cuanto a los peces, muchos de ellos son endémicos –solo existen en este lugar– y otros nuevos, como una especie de bagre que ha desarrollado una especie de ventosa para poder aferrarse a las rocas. También escarabajos peloteros importantes para el sistema ecológico del Megantoni. Existen 71 especies de este insecto y 10 son nuevas para la ciencia. Lo mismo ocurre con grandes familias de ranas y aves como el colibrí llamado condamini.

También está el meganto (Ara militaris), el hermoso y enorme loro de cabeza azul que le da el nombre al santuario y que está en vías de extinción. En este lugar aún habita una gran población a la que se le puede ver colpeando (comiendo barro) en las enormes paredes del pongo. El otorongo y el oso de anteojos tambien ocupan un lugar importante entre las especies que viven en este lugar, y son ellos los herederos del Tasorinchi, ya que para los machiguengas estos animales son hijos de su Dios.

Pero no solo animales y plantas dan importancia al Megantoni. Su ubicación lo hace parte fundamental del llamado Corredor Vilcabamba-Amboró, el que conecta distintas áreas protegidas como son la Reserva Comunal Asháninka, el Parque Nacional Otishi, la reserva Comunal Machiguenga (por el oeste), con el Parque Nacional Manu (este), hasta llegar a los límites del Parque Nacional Amboró, en Bolivia.

 

involucradas –16 en total– que incluyen tanto al Cedia como al gobierno regional del Cusco, Inrena, municipalidades provinciales y distritales, colonos y los machiguengas, cruzan los dedos para que nada perturbe el cumplimiento de los objetivos.

Mashico dice que es muy rico tomar el fresco en el Pongo. Además, asegura que se puede pasar horas viendo a una curiosa avecilla de plumaje rojo que a él le gusta mucho porque canta muy bonito. "Espero que siempre pueda venir aquí a estar tranquilo", dice, y estamos seguros que el gran Tasorinchi está escuchando a uno de sus hijos más queridos.